Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Doctor Ricardo Ricci. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Doctor Ricardo Ricci. Mostrar tots els missatges

dilluns, 14 de febrer del 2011

¿QUIERES SER DOCTOR? I






Introducción y advertencia
Hace un tiempo, se me ocurrió preguntarme acerca de las motivaciones y deseos que impulsan, hoy en día, a que un joven decida estudiar medicina. La cuestión de la pregunta vocacional, por uno u otro motivo, frecuentemente está cerca de mí. En el medio que me muevo, una facultad de medicina, puedo observar toda la variedad de motivaciones, elecciones de conductas, modos de ganarse la vida, etc. A fuer de no caer en inocencias, debemos decir que entre los estudiantes también hay una gran variedad, que no se trata de un colectivo homogéneo. Este espectro estudiantil va, desde el que se inicia en la carrera por que la considera un modo de servir al ser humano, hasta el que ve en ella la manera segura de ganarse la vida ejerciendo un oficio técnico, de alta precisión, de gran responsabilidad, de gran rentabilidad económica y de prestigio 
social asegurado. “Pedes in terra”.

Hecho este breve y acaso innecesario prologo, comienzo a contar 
mis impresiones al respecto, tratando de mantenerme en el amplio 
rango central del espectro comentado. Es decir, intentando interpretar a la mayoría de los agentes involucrados en los actos 
concretos de la educación médica. Vamos al trabajo:
     
¿Por qué estudiar medicina?
Tengo la oportunidad de constatar que en nuestro medio, es bastante frecuente que los mismos médicos renieguen abierta, y ferozmente de su vocación. En rondas de café, en pasillos de hospitales, en los mismos sanatorios, muchos colegas, a voz de cuello, abominan de sus desventuras, protestan de su elección de vida. 

Las causas variadas de esa actitud podemos analizarlas en otra oportunidad, cabe sin embargo, destacar algunas voces: “Mi hijo esta loco, totalmente loco, es una carrera larguísima, entre la facultad, la residencia y la especialidad, recién va a producir algo para él mismo a los treinta y dos años”. “Va a estudiar toda la vida, para poder laburar va a tener que llenarse de papelitos de cursos, jornadas, congresos y demás”. “No se da cuenta que la medicina antes era una profesión liberal, ahora va a ser un empleado más, en las empresas toman al que más barato les resulta, al mérito ya nadie lo tiene en cuenta”. “Si, es inteligente, pero no tiene carácter, vive de sueños, cree que alguien le va a agradecer sus desvelos”. “No es carrera para mujeres, nunca será una buena madre”. “Nunca su tiempo será suyo”. “No sabe en lo que se está por meter, no tiene ni Idea del esfuerzo que va hacer en vano”.

Entre esas voces aisladas pero recurrentes, acaso estén las causas de 
tanto desaliento. Los mismos médicos aconsejan a los jóvenes, 
incluso a sus propios hijos, no estudiar medicina. En esta actitud no 
deja de esconderse una gran paradoja, ya que el mismo médico que 
desalentó a su hijo antes de la elección, posteriormente hace 
ostentación de la condición de colega cuando ese hijo egresa de la 
facultad. Primero el desánimo, luego el orgullo y la complacencia 
pública. Para sembrar la, para ellos justificada desmoralización, se 
encargan de hacer una pormenorizada lista de la negatividades, 
entre las que se encuentran, como constatamos más arriba: el 
esforzado y prolongado tiempo de estudio, las escasas expectativas 
de trabajo, las frustraciones económicas, y lo sacrificado de la 
labor.

Según la tradición, Esculapio legó a su hijo sus famosos consejos. 
Se trata, desde la mirada del dios de la medicina, de una 
perspectiva realista y completa de lo que significa ser médico. 
Describe, aconseja y, a su vez, deja la puerta abierta promoviendo 
la elección libre y personal:
“Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre el dolor 
de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que 
calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un 
Prometeo desgarrado por los buitres.” 1

Tengo la gracia y la fortuna de ser profesor en la Facultad de 
Medicina de la UNT. Mi materia, Antropología Médica, se dicta en 
segundo año de la carrera de médico. He constatado personalmente, 
sin intermediarios, las ilusiones que tienen los jóvenes que se 
inician en la carrera, su cabeza alta y sus ojos francos. Rebozan de 
inteligencia, humor, y se enfrentan con saludable desparpajo a 
cualquier desafío intelectual y vital. Cuando veo a esos mismos 
chicos años después, terminando su carrera o ya con su título bajo 
el brazo, la situación es harto diferente. A menudo los observo 
alicaídos y perturbados, cuando no francamente desalentados. ¿Qué 
pasó durante los años de formación?

Los sueños propios, y la vocación por servir al otro, se han trocado
dramáticamente por el interés en la propia supervivencia, es cierto, 
han crecido, han madurado. La vocación se ha debilitado, o se ha 
metamorfoseado en un utilitarismo calculador, acaso desmedido. 
Lo grave de todo esto es que, al parecer, la misma institución 
formativa ha colaborado en esa muda radical. Lo cierto es que, las 
instituciones no tienen voz ni testimonian con el ejemplo, somos 
algunos de sus integrantes, imbuidos en un paradigma agonizante y 
portadores de nuestras propias frustraciones, los que influimos de 
manera perversa en los jóvenes escudándonos en nuestro “vasto 
conocimiento de la realidad”. Sucede que los doctos, los docentes, 
aquellos que pueden influir categóricamente en las vocaciones, son 
los mismos que escatológicamente, prometen infiernos de 
desdichas. Ocurre que las realidades personales, testimoniadas en el 
diario compartir de las aulas y salas de hospital, cercenan los 
sueños, descalifican la creatividad y homologan la mediocridad.

Soy consciente de que me desempeño en una de las institucione de 
mayor prestigio en la educación médica de nuestro país, no reniego 
de ella, por el contrario estoy orgulloso de mi pertenencia, siempre 
lo estaré. En esa condición, me siento en la necesidad de sacar a la 
luz, y advertir acerca del nefasto comportamiento testimonial de 
algunos de nosotros; en medio de nuestra propia penuria y 
desilusión, trasladamos la angustia paralizante a nuestros alumnos. 
Los tutores se adosan a las plantas jóvenes para guiar su desarrollo 
y crecimiento, para asegurar que cumplan con los designios de su 
especie, las podas predicen mejores flores y frutos óptimos. Puede 
ocurrir, sin embargo, que el tutor ahogue, dificulte, entorpezca y 
marchite, si por defectos propios no cumple adecuadamente su 
función. 

dimarts, 11 de gener del 2011

AYUDAR AUNQUE LLORE EL ALMA. II parte

Hay de todo como en botica. Lo bueno, lo malo y lo feo. De toda esa variedad de especimenes de la profesión médica, entre los cuales naturalmente me encuentro; el otro, el paciente, logra hallar aquel que considera capaz de ayudarlo en alguna contingencia de su vida. Es posible que se logre definir y delinear teóricamente un modo óptimo de interacción para ayudar al paciente.

Creo, sin embargo que las recetas, los protocolos, los manuales de procedimientos, en este caso en particular, tienen un valor relativo. Estamos nuevamente ante la cuestión de ser o no ser. Para no sonar tan obviamente shackesperiano, en la cuestión de "ser" médicos, y "hacer" las cosas que hacen los médicos. Cada uno de nosotros puede ir haciendo una corrección en ese diálogo ser – hacer, para producir discursos genuinos y conductas personales lo suficientemente flexibles y efectivas, para ser volcadas en las interacciones con los pacientes.  Sin esta esperanza el presente trabajo carecería por completo de valor.
Aún así podemos aseverar que en el laberinto achaparrado de la RMP hay lugar para todos. Esto no debe ser interpretado como una apología del relativismo, del “todo vale”; sino que simplemente intenta describir una realidad incontrovertible que, puede ser mejorada y mucho, atendiendo a criterios reflexivos y pedagógicos de optimización en competencias relacionadas directa o indirectamente con la RMP.
En esa variedad propia del quehacer de los médicos, habitualmente se encuentra solapado, puesto a un costado, menospreciado el dolor del propio médico, el callado lamento de su soledad. Dicen que no se puede dar lo que no se tiene, ¿será verdad? Estoy convencido de que en líneas generales es así, mas he visto dar ánimos a sus pacientes a colegas que estaban al borde de su propio colapso. He sido testigo de la actuación de médicos acuciados por sus por sus propios miedos dar aliento, proponer conductas y medicar a pacientes acertadamente a pacientes portadores de estados de pánico. He visto a médicos con varios by pass en sus coronarias, tratar a pacientes que presentaban cardiopatías de diversa índole y de diversa gravedad de manera firme, acertada y segura. Es posible que uno no sepa de donde salen las fuerzas para ofrecer lo que no se tiene o lo que no se sabe que se tiene, pero cuando la vocación actúa como un imperativo, lo que no se tiene, se da. Quizás lo que decimos dar, no sea más que un devolver al paciente, de manera ordenada, lo que surge del encuentro humano de la interacción médico – paciente.

He tenido oportunidad de atender a pacientes estando yo mismo al borde del desgarro interno, poniendo en un segundo plano el propio dolor. Recuerdo una vez que iba a ver un paciente mientras lloraba solo en el auto, había sufrido una pérdida familiar irreparable, me temblaban las manos y mi cuerpo tiritaba. La paciente era una señora de 75 años que permanecía desde hace tiempo postrada en su cama a raíz de un EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica). Su patología se había regagudizado, las sibilancias se escuchaban desde la puerta de su dormitorio. La consulta se desarrolló dentro de los márgenes habituales y al despedirme la señora me espetó: “gracias por darme ánimos, ahora me quedo un poco más tranquila”. Y de nuevo a llorar en el auto.

La mía es una anécdota sentida pues me recuerda mi propio estado en ese momento, sin embargo he visto a algunos de mis colegas desarrollar hazañas en medio de su propia penuria.
“El médico siempre debe estar dispuesto”.
Es una máxima demasiado exigente a la que algunos médicos hacemos caso cayendo presas de nuestra propia e ilusoria omnipotencia. Nuestra vida recorre esos carriles con cierta frecuencia. Ni el médico es omnipotente, ni debe estar siempre dispuesto. Pero... ¿No es tranquilizador para algún paciente anónimo que vive su enfermedad en la que el tiempo no pasa, en la que el dolor mengua su persona hasta casi anonadarla, tener en el puño de su mano el número de teléfono de alguien que se propone como siempre disponible a correr en su ayuda?


Cuando alguien se retira del consultorio llevando en su mano la receta para tratar la angina de su niño y que prevé una noche de fiebres y baños templados, y escucha de su médico las palabras: “Cualquier cosa me llama, sea la hora que sea”. Necesariamente se produce el alivio, ya la fiebre no será la misma fiebre, ni el desvelo el mismo desvelo.


Lo escrito suena al más recalcitrante romanticismo, y ciertamente lo es. Juzgo que no está de más dar una pincelada épica a tanta cotidianeidad rutinaria. Es cierto también, que los médicos no siempre estamos dispuestos a escuchar las penas ajenas, nos basta con las propias. Aún así, y quizás por esa misma causa la jerarquía del servicio prestado, no siempre el óptimo, es agradecido por el paciente en grado sumo. La comunidad médico - paciente se edifica más solidamente en la realidad de que el dolor no es tu dolor, es nuestro dolor, tu necesidad no es tu necesidad, es la nuestra. El paciente percibe este matiz, y la labor del médico se ve sostenida, y engrandecida con la colaboración incondicionada del paciente perspicaz.  

dissabte, 8 de gener del 2011

AYUDAR AUNQUE LLORE EL ALMA. I parte




"Tras unos años de profesión se pierden el entusiasmo del principio,el afán de servicio y la vocación por el consuelo"conmovedora reflexión del Dr Ricardo Ricci.

Es muy frecuente que los médicos no encuentren recursos propios para ayudar a sus semejantes, es usual que tras unos años de profesión hayan perdido el entusiasmo del principio, el afán de servicio, y la vocación por el consuelo. Buscando y rebuscando en sus almas no encuentran más que una oquedad de sentido, un lugar vacío y frio, del que no surge la asistencia que de ellos, esperan sus pacientes. Es moneda de todos los días, bajo el régimen del sistema de salud actual, ver a los médicos descompensados, somnolientos, quebrados. La sobresaturación de trabajo tiene mil motivos diferentes, uno de ellos, quizás el  que más molesta, es el menosprecio de la profesión médica por parte de las gerenciadoras de salud que, administradas en general por profesionales ajenos a la medicina, no alcanzan a sopesar adecuadamente la misión que algunos médicos, los de verdad, desean alcanzar.
La famosa relación costo – beneficio, obliga a que en un tiempo demasiado acotado, los médicos deban atender a cantidades de pacientes, boicoteando ellos mismos la relación médico – paciente (RMP). Una buena RMP es una aspiración genuina, y un derecho humano de los pacientes que se sienten distinguidos, individualizados, y nominados por ella, que sienten la contención por parte del médico. Asimismo es cierto que una buena RMP es esencial para el desempeño del médico que encuentra en ella una gratificación permanente por ver realizada su vocación, en la interacción diaria con sus pacientes tiene oportunidad de evaluar los resultados de su trabajo, y de efectuar, mediante una reflexión autocrítica, la sintonía fina de su accionar. La optimización del vínculo fugaz, y la vez histórico entre el médico y su paciente es la forma más directa y eficaz de promover al médico y asegurarle al paciente un tratamiento digno de la persona humana. La instancia interactiva patentizada en la consulta, es el medio ambiente coloquial y conductual saludable para el paciente y para el médico y debe ser salvaguardado a todo costo.
Algunos autores sostienen, creo que con toda razón, que para exponerse a ayudar a alguien primero el médico debe encontrarse en un estado de compensación con él mismo. Este estado de compensación incluye todas las variantes bio – psico – sociales y espirituales inherentes a la persona del profesional de la salud. Según ellos la eficacia terapéutica se basa en la posibilidad de ofrecerle al paciente un marco de serenidad generado por el estado de paz y de disposición asistencial y cooperativa del médico. Me parece que la opinión de estos autores, provenientes del ámbito de la psiquiatría, es de un acierto absoluto, es el ideal. Sin embargo, lo sabemos,  “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Las cosas no se dan de ese modo en la generalidad de los casos.
Sin insistir en las condiciones socioeconómicas en las que se desarrolla la actividad del médico, deseo expresar que el estado soñado de compensación previa al momento de la consulta es una perla en un océano de inestabilidad, de incertidumbre, de necesidad y de soledad por parte de aquellos que se proponen asistentes de sus prójimos. Es posible que en ese estado no puedan hacer todo el bien que podrían, pero no me cabe duda de que hacen el bien que pueden y ayudan al otro en la medida exacta de sus potencias actuales. Los estados que condicionan al médico van desde su particular modo de disponerse a relacionarse con los otros, hasta su manera particular de ser y estar en el mundo. Quizás deberíamos preocuparnos primero y más profundamente por el ‘ser’ médicos, que por ‘hacer’ de médicos. Entre el ser y el hacer hay una relación de retroalimentación innegable, los seres humanos podemos acceder, en nuestra intimidad, a hacernos conscientes de lo que nos pasa al respecto, y efectuar los retoques que sean necesarios para nuestro desempeño saludable en interacciones saneadas.

He conocido médicos de una parquedad digna de un guardia del palacio de Buckingham, a los que no se les mueve un músculo de la cara en su interacción con el paciente, y sin embargo son generadores de diagnósticos acertados e impecables. He conocido charlatanes diletantes, que en el medio del error y del engaño hacen bien a algunos de sus seguidores. He conocido maestros absolutamente intratables, y otros que enseñan con su sola presencia y testimonio, en medio de una sencillez y austeridad encomiable. He conocido médicos que conocen exactamente los pormenores y la letra pequeña de la organización de los sistemas de salud, y otros a los que el sistema de salud los tiene sin cuidado pues ellos mismos han construido un microambiente que les permite sobrevivir ejerciendo la medicina y ayudando al prójimo. Conozco médicos con las paredes llenas de títulos y postgrados, cursos, jornadas, simposios y congresos, que a la hora de asistir al paciente, carecen totalmente de carisma y compasión. También existen los que en un consultorio de barrio apenas cuelgan una fotocopia de su título y la gente los venera como a un padre.