dilluns, 14 de febrer de 2011

¿QUIERES SER DOCTOR? I






Introducción y advertencia
Hace un tiempo, se me ocurrió preguntarme acerca de las motivaciones y deseos que impulsan, hoy en día, a que un joven decida estudiar medicina. La cuestión de la pregunta vocacional, por uno u otro motivo, frecuentemente está cerca de mí. En el medio que me muevo, una facultad de medicina, puedo observar toda la variedad de motivaciones, elecciones de conductas, modos de ganarse la vida, etc. A fuer de no caer en inocencias, debemos decir que entre los estudiantes también hay una gran variedad, que no se trata de un colectivo homogéneo. Este espectro estudiantil va, desde el que se inicia en la carrera por que la considera un modo de servir al ser humano, hasta el que ve en ella la manera segura de ganarse la vida ejerciendo un oficio técnico, de alta precisión, de gran responsabilidad, de gran rentabilidad económica y de prestigio 
social asegurado. “Pedes in terra”.

Hecho este breve y acaso innecesario prologo, comienzo a contar 
mis impresiones al respecto, tratando de mantenerme en el amplio 
rango central del espectro comentado. Es decir, intentando interpretar a la mayoría de los agentes involucrados en los actos 
concretos de la educación médica. Vamos al trabajo:
     
¿Por qué estudiar medicina?
Tengo la oportunidad de constatar que en nuestro medio, es bastante frecuente que los mismos médicos renieguen abierta, y ferozmente de su vocación. En rondas de café, en pasillos de hospitales, en los mismos sanatorios, muchos colegas, a voz de cuello, abominan de sus desventuras, protestan de su elección de vida. 

Las causas variadas de esa actitud podemos analizarlas en otra oportunidad, cabe sin embargo, destacar algunas voces: “Mi hijo esta loco, totalmente loco, es una carrera larguísima, entre la facultad, la residencia y la especialidad, recién va a producir algo para él mismo a los treinta y dos años”. “Va a estudiar toda la vida, para poder laburar va a tener que llenarse de papelitos de cursos, jornadas, congresos y demás”. “No se da cuenta que la medicina antes era una profesión liberal, ahora va a ser un empleado más, en las empresas toman al que más barato les resulta, al mérito ya nadie lo tiene en cuenta”. “Si, es inteligente, pero no tiene carácter, vive de sueños, cree que alguien le va a agradecer sus desvelos”. “No es carrera para mujeres, nunca será una buena madre”. “Nunca su tiempo será suyo”. “No sabe en lo que se está por meter, no tiene ni Idea del esfuerzo que va hacer en vano”.

Entre esas voces aisladas pero recurrentes, acaso estén las causas de 
tanto desaliento. Los mismos médicos aconsejan a los jóvenes, 
incluso a sus propios hijos, no estudiar medicina. En esta actitud no 
deja de esconderse una gran paradoja, ya que el mismo médico que 
desalentó a su hijo antes de la elección, posteriormente hace 
ostentación de la condición de colega cuando ese hijo egresa de la 
facultad. Primero el desánimo, luego el orgullo y la complacencia 
pública. Para sembrar la, para ellos justificada desmoralización, se 
encargan de hacer una pormenorizada lista de la negatividades, 
entre las que se encuentran, como constatamos más arriba: el 
esforzado y prolongado tiempo de estudio, las escasas expectativas 
de trabajo, las frustraciones económicas, y lo sacrificado de la 
labor.

Según la tradición, Esculapio legó a su hijo sus famosos consejos. 
Se trata, desde la mirada del dios de la medicina, de una 
perspectiva realista y completa de lo que significa ser médico. 
Describe, aconseja y, a su vez, deja la puerta abierta promoviendo 
la elección libre y personal:
“Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre el dolor 
de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que 
calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un 
Prometeo desgarrado por los buitres.” 1

Tengo la gracia y la fortuna de ser profesor en la Facultad de 
Medicina de la UNT. Mi materia, Antropología Médica, se dicta en 
segundo año de la carrera de médico. He constatado personalmente, 
sin intermediarios, las ilusiones que tienen los jóvenes que se 
inician en la carrera, su cabeza alta y sus ojos francos. Rebozan de 
inteligencia, humor, y se enfrentan con saludable desparpajo a 
cualquier desafío intelectual y vital. Cuando veo a esos mismos 
chicos años después, terminando su carrera o ya con su título bajo 
el brazo, la situación es harto diferente. A menudo los observo 
alicaídos y perturbados, cuando no francamente desalentados. ¿Qué 
pasó durante los años de formación?

Los sueños propios, y la vocación por servir al otro, se han trocado
dramáticamente por el interés en la propia supervivencia, es cierto, 
han crecido, han madurado. La vocación se ha debilitado, o se ha 
metamorfoseado en un utilitarismo calculador, acaso desmedido. 
Lo grave de todo esto es que, al parecer, la misma institución 
formativa ha colaborado en esa muda radical. Lo cierto es que, las 
instituciones no tienen voz ni testimonian con el ejemplo, somos 
algunos de sus integrantes, imbuidos en un paradigma agonizante y 
portadores de nuestras propias frustraciones, los que influimos de 
manera perversa en los jóvenes escudándonos en nuestro “vasto 
conocimiento de la realidad”. Sucede que los doctos, los docentes, 
aquellos que pueden influir categóricamente en las vocaciones, son 
los mismos que escatológicamente, prometen infiernos de 
desdichas. Ocurre que las realidades personales, testimoniadas en el 
diario compartir de las aulas y salas de hospital, cercenan los 
sueños, descalifican la creatividad y homologan la mediocridad.

Soy consciente de que me desempeño en una de las institucione de 
mayor prestigio en la educación médica de nuestro país, no reniego 
de ella, por el contrario estoy orgulloso de mi pertenencia, siempre 
lo estaré. En esa condición, me siento en la necesidad de sacar a la 
luz, y advertir acerca del nefasto comportamiento testimonial de 
algunos de nosotros; en medio de nuestra propia penuria y 
desilusión, trasladamos la angustia paralizante a nuestros alumnos. 
Los tutores se adosan a las plantas jóvenes para guiar su desarrollo 
y crecimiento, para asegurar que cumplan con los designios de su 
especie, las podas predicen mejores flores y frutos óptimos. Puede 
ocurrir, sin embargo, que el tutor ahogue, dificulte, entorpezca y 
marchite, si por defectos propios no cumple adecuadamente su 
función. 

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